Cuando confunden a tu teckel con otro (a mí, de paso, me adjudicaron un abuelo)
Hay un teckel en el barrio que se parece demasiado a la mía. Al vecino que los confundía le dio por confundir algo más.
Hay un teckel en el barrio que se parece demasiado a la mía. Al vecino que los confundía le dio por confundir algo más.
Le das un hueso y no se lo come. Lo sube al sofá, lo tapa con tierra imaginaria y se marcha. Lo que pasa después ya lo sabes si convives con uno.
Misma talla, mismo pelo, mismo color. La diferencia es que a una la llaman «la buena» en el parque, y no es la mía.
Nueve kilos, ningún sentido de la proporción y una labradora negra que tuvo la mala suerte de tropezar con ella.
Sola, se lo piensa. Con un bóxer, un boyero de Berna y un cruce que pesa el triple a su lado, camina por la playa como si fuera la dueña.
Nada con chaleco y tiene una norma: quien se aleja de la orilla necesita que lo rescaten. Lo pida o no.
Un vendedor ambulante despliega un pareo delante de la prima pequeña. Un segundo después, ese señor tiene un problema con patas cortas.
Paseo con amigas, la fila se estira y, de pronto, un llanto agudo en mitad del camino. No era dolor. Era recuento.
La llamada funciona en casa, en el parque y delante del jamón. Luego asoma un conejo y descubres cuánto vale de verdad, con una carretera de por medio.
Galga, malinois, border collie y hasta un cruce llamado Thor. Da igual: en cuanto otro teckel cruza la puerta, el resto deja de existir.