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El hueso que tu teckel esconde en el sofá y nunca vuelve a buscar

Teckel negro y fuego tumbado sobre una manta blanca en el sofá

Cualquier tarde de sofá, poco después de darle a Trufa un hueso de chuche.

Le doy el hueso y no se lo come. Lo coge con mucha ceremonia, sube al sofá, elige un hueco entre el cojín y el respaldo y lo deja allí, como quien guarda el pasaporte en el cajón bueno. Luego viene lo mejor: con el morro empieza a echarle tierra encima. Tierra que no existe.

Son unos cuantos empujones de hocico contra la tapicería, muy serios y muy metódicos, hasta que el hueso queda enterrado a su juicio. Al mío sigue a la vista. Pero a mí nadie me ha preguntado.

Cómo se entierra un hueso en un sofá de tela

Lo que más gracia me hace es la convicción. Trufa no comprueba si ha quedado bien ni duda del método: empuja con el morro hacia el hueso, una vez, dos, tres, y se aparta satisfecha, como una albañil que ha terminado la obra antes de hora. El cojín no se ha movido. Ella se tumba al lado con la cara de una jubilada con el plan de pensiones bien atado.

Con las chuches pasa lo mismo. Las que no le apetece comerse en el momento acaban enterradas entre los cojines, tapadas con su tierra invisible y, al cabo de un rato, olvidadas por completo. Es como guardar objetos en el inventario de un videojuego y no volver a abrirlo jamás. El sistema de almacenamiento funciona de maravilla; el de recuperación, no tanto.

Hubo una vez en que un hueso del sofá sí le importó muchísimo, tanto que no dejaba acercarse a nadie, pero eso es otra historia, y la cuento en la guía sobre el perro que defiende su hueso.

Un gesto que viene de serie, con tierra o sin ella

Como no sé quedarme con la duda, me puse a leer. Hay conductas que el perro trae puestas al nacer: pequeñas secuencias de movimientos que se heredan y que la experiencia apenas modifica. Dar vueltas antes de tumbarse, sacudir un juguete como si fuera una presa o enterrar un hueso están en esa lista. Y cada perro las expresa con su propia intensidad: unos a todas horas, otros casi nunca.

Eso explica lo de la tierra. El gesto viene completo, de fábrica, y se ejecuta entero aunque el suelo no colabore: el morro empuja porque toca empujar, haya tierra, arena o una funda que se lava a treinta grados. Trufa no hace teatro. Cumple un programa que llevaba instalado mucho antes de conocer mi salón. Y en una raza de excavadores, criada para meterse bajo tierra, no me extraña que el programa venga con ganas.

Yo lo veo como una despensa: lo que sobra ahora, para más tarde. La parte de acordarse dónde está la despensa ya es otro departamento, y ese, en mi casa, lleva tiempo cerrado.

Así que en mi sofá hay un pequeño tesoro de huesos y chuches que nadie reclama, y encima una perra que duerme sobre su fortuna sin saber que la tiene.

La versión de Trufa: Que no me acuerde de dónde lo puse no quiere decir que no sea mío. Tú ni lo toques, que lo tengo controlado.

Si te ha hecho gracia el sistema de almacenamiento:
– Juegos de olfato para que sea ella la que encuentre lo escondido
– Por qué el teckel tiene instintos para todo y paciencia para poco

Fuentes consultadas

Dehasse, J. (2011). Le teckel. La Griffe, colección «Mon chien de compagnie».
Nappe, S. (2007). Teckel. Una introducción completa para el propietario. Hispano Europea.

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